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la opinión
   

Algo que nos corroe

No. 146 - 16 Junio 2018

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La Jungla de Calais fue desmantelada en el otoño de 2016. Vivían allí, hacinados en un campamento de barracones, chabolas, miseria, violencia, miedo y expectación alrededor de 7.000 personas, cuya única esperanza era la de poder cruzar el Canal y llegar a Gran Bretaña. Unos meses antes de que todo fuese arrasado por las excavadoras, Emmanuel Carrère llegó a Calais para escribir un reportaje sobre la ciudad. No sobre la Jungla, como los vecinos llamaban al desmesurado campo cercado de concertinas, fruto del pacto entre las dos potencias europeas conocido como los Acuerdos de Touquet.

No tardó el escritor francés en darse cuenta de lo imposible de su propósito. Igual que en la Lampedusa filmada por Gianfranco Rosi en Fuego en el mar, no es posible permanecer ajeno a la tragedia. Por más que se cierren los ojos y se pretenda vivir sólo de la dulzura del salitre y la inocencia de la infancia. La Jungla, le confesó a Carrère una vecina de Calais, es "algo que aquí nos corroe a todos todo el rato". Y que nos corroe y nos enfrenta, también a todos los que sabemos de las muchas junglas diseminadas por Europa sólo por las noticias, con lo más esencial de nuestros adentros, que diría el escritor castellano. Y nos fuerza a no mirar con los ojos de la demagogia populista una realidad que amenaza con volverse explosiva. E ineludible.

Carrère, en Calais (Anagrama), da cuenta de lo rápido que se extienden entre una población empobrecida las pulsiones de odio y desprecio. De racismo. Y de conmiseración y caridad. También. Pero no habla Carrère sólo de Francia. Sino de una Europa envejecida y miserable a la que no se le ocurren más ideas que las de acogida y subvención sin límites en sociedades cuyo Estado del bienestar apenas se sostiene. O las de segregación y expulsión. Sin límites, también. Estos días: Viktor Orban y su proyecto de crear "una zona de acogida en África" para refugiados e inmigrantes. O esa frontera negra de países europeos cuyos ciudadanos han votado a partidos de extrema derecha, convencidos de estar preparándose para lo inevitable.

Conducidos a otros campos en autobuses, los inmigrantes que fueron desalojados de la Jungla de Calais se despedían de la ciudad con eslóganes, dice Carrère, optimistas y poéticos: "Hasta el fin de los sueños". Y al cerrar el libro, no puede el lector dejar de escuchar el estruendo que generan los sueños al chocar. Los suyos contra los nuestros.



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