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Ricardo Freyre

RICARDO JAIMES FREYRE (Bolivia, 1868-1933). Perteneció a una familia en la que se contaban algunos cultivadores notables de las letras: su padre, Julio Lucas Freyre, había sido un destacado periodista y prosista boliviano del siglo XIX, que publicara abundantes tradiciones de su país en la manera de Ricardo Palma; y su madre, la escritora peruana Carolina Freyre, fue también una animadora de cultura que dirigió una revista femenina de su tiempo. Estas circunstancias contribuyeron de un modo efectivo a la sólida formación humanística del hijo, y al encauzamiento de su vocación literaria. Pasó éste una gran parte de su vida en la Argentina; y pronto se asoció al cenáculo modernista que, en Buenos Aires, capitaneaba Rubén Darío (establecido allí desde 1893). Con él, y en aquella misma ciudad, fundó Jaimes Freyre en 1894 la Revista de América, de muy corta duración pero cuya página de presentación, firmada por los dos poetas, contenía una expresiva declaración de principios del modernismo hispanoamericano ("trabajar por el brillo de la lengua española en América y, al par que por el tesoro de sus riquezas antiguas, por el engrandecimiento de esas mismas riquezas, en vocabulario, rítmica, plasticidad y matiz.."; y también: "servir....a la aristocracia intelectual de las repúblicas de la lengua española"). Más adelante, y ya radicado en la ciudad de Tucumán, al norte de la Argentina, se dedica allí a la enseñanza de la literatura y la filosofía en importantes centros de educación superior y universitaria.

Dentro de la variedad de sus temas, no excesiva en atención a lo reducido de su obra, destacan (principal, no excluyentemente) dos categorías: los asuntos medievales; y los mitos y leyendas tomados del mundo nórdico (escandinavo, islandés). Estos últimos, particularmente, vienen a definir el modo de exotismo personal y original de Jaimes Freyre, en una época –la modernista- cuando lo común era el saqueo en la mitologíia luminosa y más conocida del helenismo clásico, ya fácilmente racionalizable y traducible por el uso. Y era que ese mundo del Norte –tenebroso, lejano, extraño y misterioso- se avenía mejor, como punto poético de arranque, al modo de creación sugerente y de medias tintas que el autor favorecía. Por el interés en ambos núcleos temáticos (el medieval y el nórdico) se ha asociado a este poeta americano con el parnasiano Leconte de Lisle, en sus Poèmes barbares (1854). Pero el tratamiento poético en ambos es bien diferente: los motivos que resultaban en las maneras discursivas, descriptivas y objetivas del francés, eran en el boliviano (donde la descripción rigurosa está muy atenuada) "pretextos" para textos adensados de sugestiones líricas –con ayuda ocasional de la pincelada impresionista- y vaguedades simbolistas de más afilada penetración poética.

Castalia bárbara es la suite poemática (13 composiciones) que cede su título al primer libro de Jaimes Freyre, donde otras tensiones se aprietan en las demás zonas del mismo. De aquellas composiciones nuestra selección recoge sólo seis: desde "El camino de los cisnes" hasta "Aeternum Vale", la inicial y la última de dicho conjunto. El poeta, en esas piezas, trató de captar líricamente el momento histórico – el "ocaso de los dioses" que narran los Eddas o sagas de esos pueblos- cuando aquel mundo heroico, violento y rudo de los hombres del Norte cede a la invasión del cristianismo; lo cual desarrolla ejemplarmente, o más bien sugiere, "Aeternum Vale" –con ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos (Cristo) ante quien, en ese "adiós para siempre" que el título anuncia, retroceden y enmudecen los dioses de aquel olimpo bárbaro. Dioses como Freyra, la hija de Nhor, que lo era del amor y la belleza; Odín, el primero y más grande de todos, y en particalar de la sabiduría (con los dos Cuervos, el del Pensamiento y la Memoria, siempre posados sobre sus hombros); Thor, del trueno y de la guerra. Otro poema ("Los elfos") recreará a estos genios de la mitología germánica, que simbolizan la tierra, jugando junto a los cisnes de Iduna, la diosa de la Primavera. Y aun "El Walhalla" nos dará la imagen igualmente feroz que era para aquellos hombres feroces su paraíso o Walhalla. (Y se accede a la anterior identificación parcial para ayudar en algo al lector de los poemas en el entendimiento de esos mitos y referencias, que nos son hoy tan lejanos).

Muy desde otra perspectiva, el interés de Jaimes Freyre por los problemas socio-políticos de su tiempo también pasó a su verso y dio cuerpo temático a la serie Las Víctimas, que se lee como sección final de su segundo y último libro Los sueños son vida. De los tres más representativos de esos poemas (los otros dos son "El clamor" y "La verdad eterna") se escoge, en nuestra muestra, el titulado "Rusia". Su fecha de redacción en 1906, le concede un valor de anticipo profético de lo que fue la realidad histórica de diez años después.

Pero la imagen definitiva de Ricardo Jaimes Freyre ha de quedar, junto a su incorporación decisiva del v ersolibrismo, por esos poemas ("Siempre...", "Lustral", "Lo fugaz", tanto como por algunos de inspiración medieval y nórdica) donde la materia verbal, en un alto grado de ascesis y casi de elipsis, parecería desvanecerse, en gracias a la maestría desrealizadora y de gran potencialidad lírica de su palabra sabia en matices y músicas. Son piezas de gran poder de evocación, que se acercan grandemente a la alta capacidad de sugerencia de cierta poesía moderna –y por donde entra en crisis la opuesta dirección rotunda, declarativa y enfática del otro modernismo. Jaimes Freyre, y poco después José María Eguren, se colocan así en la antípodas del chocanismo que padeció, por esos mismos años, la poesía hispanoamericana. Obra de proporciones en sí limitadas, su asimilación personal de las virtudes de acendramiento que constituían la riqueza mayor del simbolismo, hace al injustamente olvidado autor de Castalia bárbara y de Los sueños son vida un poeta más resistente y esencia que muchos otros bardos populares de la época.

Fuente: www.ale.uji.es/freyre.htm


LO FUGAZ

La rosa temblorosa
se desprendió del tallo,
y la arrastró la brisa
sobre las aguas turbias del pantano.
Una onda fugitiva
le abrió su seno amargo,
y estrechando a la rosa temblorosa
la deshizo en sus brazos.
Flotaron sobre el agua
las hojas como miembros mutilados,
y confundidas con el lodo negro,
negras, aún más que el lodo, se tornaron.
Pero en las noches puras y serenas
se sentí vagar en el espacio
un leve olor de rosa
sobre las aguas turbias del pantano.