Un dovere morale Una lotta costante
Mondo Latino
Indice

Juan Carlos Onetti

JUAN CARLOS ONETTIEl autor de El pozo y otras emblemáticas obras, fue un auténtico paradigma de inconformismo ante un mundo en acelerado proceso de desintegración moral, que retrató magistralmente en su vasta producción. Para evadirse de la tortuosa "pesadilla" de vivir, el emblemático escritor compatriota creó universos ficticios alternativos a una realidad cotidiana que le asfixiaba.

Onetti fue un hombre habitado por las voces y las vidas de sus criaturas de ficción, con las que parecía lograr una entrañable identificación, más allá de los siempre mutables territorios de la imaginación, que concibió para exorcizarse contra el fantasma de la angustia. Asumió la vida como una inexorable experiencia imperfecta. Para él, la escritura fue una suerte de catarsis contra el dolor, un irrefrenable "vicio" y, si se quiere, hasta un pacto de amor y emancipación existencial.

El tema unificador de toda su obra es la progresiva descomposición de la sociedad contemporánea, sus efectos sobre los individuos y la imposibilidad de encontrar una respuesta adecuada a ese abismo colectivo que parecía abrirse a sus pies.

Dos grandes plumas de la narrativa latinoamericana ­el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa­ lo consideraron el auténtico iniciador de la novela contemporánea latinoamericana, lo que, sin dudas, es un reconocimiento a su trayectoria y a su intransferible estilo creativo.

Sin ánimo peyorativo, muchos colegas lo calificaron como el escritor de la angustia, con claras influencias de Dostoiesvski, Conrad y Faukner, por su lenguaje opaco, denso e indirecto.

Juan Carlos Onetti nació el 1º de julio de 1904 en Montevideo. Según confesó en reiteradas oportunidades, tuvo una infancia feliz. Se casó por primera vez a los 20 años de edad y, como otros colegas uruguayos, sintió prematuramente la convocatoria de la fascinante y otrora resplandeciente Buenos Aires, donde se radicó durante un tiempo. 

El parto de "El pozo"

Pese a que desempeñó las más variadas actividades para subsistir, comenzó a incursionar en el periodismo. Fue allí que se inició como narrador en 1933, escribiendo cuentos en periódicos y una primera versión de El pozo, que recién publicó en 1939. Esta novela, con el tiempo, se transformó en un auténtico libro de cabecera para toda una generación de apasionados jóvenes y considerada por el inolvidable Angel Rama, como "la primera botella al mar que arrojó una generación de artistas que transformaron las letras uruguayas". 

Ese mismo año, el narrador y novelista ­auténtico referente de la denominada "generación del 45"­ fue cofundador del semanario "Marcha", paradigmática tribuna libertaria de la prensa nacional, que en su momento se transformó en una muralla infranqueable para el autoritarismo.

Fue secretario de redacción, encargado de la sección literaria y de la columna denominada "La Piedra en el Charco", que firmaba con el seudónimo "Periquito el Aguador". Prosiguió su actividad periodística hasta 1941, cuando cruzó nuevamente el río rumbo a Buenos Aires. Allí siguió ejerciendo el periodismo, desde una columna que bautizó sugestivamente "Alacranes literarios", donde desplegó toda su agudeza contra una literatura que consideraba vacía, obsoleta y en vías de extinción. Su pluma ya iba asumiendo facetas demoledoras.

El escritor permaneció en la capital argentina hasta 1955. Durante su prolongada residencia, escribió algunas obras que aún hoy son considerada auténticos referentes de su producción: Tierra de nadie (1942), que presenta nuevamente el depresivo y pesimista paisaje urbano, Para esta noche (1943) y La vida breve (1955), que es el auténtico texto fundacional del legendario universo de Santa María.

Esta es una novela de quiebre y ruptura, un auténtico punto de inflexión que trazará un antes y un después en el discurrir literario del escritor y que ­en cierta medida­ condicionará su futuro trabajo creativo. 

Un paisaje propio

Aunque es claro que desde El pozo la escritura de Onetti ya estaba poblada de sentimientos de incomunicación, soledades y culpas, es quizás La vida breve la que afirmó todas esas pulsiones emocionales. Esta novela fue dedicada al poeta argentino Oliverio Girondo, que fue uno de sus más entrañables amigos. Santa María era el mundo paralelo creado por el autor, que irá superponiéndose paulatinamente al "mundo real", siempre gobernado por un vértigo incomprensible, la cruda insensibilidad y los "indiferentes morales", a los que solía aludir despectivamente el autor es su despiadado discurso literario.

Sobre este territorio mítico, análogo al Macondo del Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, Onetti expresaba: "La fabriqué como compensación de mi nostalgia por Montevideo".

Por entonces, ya se perfilaba el Onetti insomne y empedernido habitante de las madrugadas, donde la reflexión parecía marcar el pulso de una vida sin otra rutina o propósito que la febril creación, a partir de la materia prima aleatoria de la ficción-realidad. También comenzaron a aflorar los prolongados períodos de aguda depresión, el tabaco y el alcoholismo.

Sin embargo, tras su regreso de Buenos Aires, el inolvidable narrador vivió quizás su cenit creativo, que puede situarse entre las postrimerías de la década del cincuenta y la emblemática década del sesenta. Ese tiempo fue un punto de inflexión histórica que marcó la agonía definitiva del mito de la Suiza de América instalado desde los albores del Uruguay moderno y el ingreso a un tramo particularmente turbulento que nos conduciría a la noche autoritaria.

Una tumba sin nombre (1959), La cara de la desgracia (1960) y El astillero (1961) son otros tres títulos emblemáticos de la producción de Juan Carlos Onetti, que van marcando una identidad cada vez más elocuente y acentuada.

Precisamente El astillero, que conoció una reedición el año pasado, marca otro de los momentos vertebrales de la producción del autor, que consolida la identidad de la saga de Santa María. Pese a que han transcurrido virtualmente 43 años desde su primera publicación, esta novela ­confirmando que es un clásico­ parece escrita en los tiempos contemporáneos. Sus atribulados personajes se revuelcan cotidianamente en el fango de la frustración y el fracaso, dentro de un astillero inactivo y semiderruido, que es un auténtico paradigma de la decadencia y la postración moral.

Un lector que asuma actualmente la lectura de este texto fundamental del universo onettiano, podría identificar perfectamente a los protagonistas con hombres desocupados, quebrados y depresivos, que se aferran a una quimera imposible en medio de un paisaje de desolación física, emocional y espiritual.

A esta obra indispensable de Juan Carlos Onetti siguieron ­sucesivamente­ El infierno tan temido (1962), Tan triste como ella (1963) y Juntacadáveres (1965), todo lo que fue construyendo una arquitectura literaria marcada por la singularidad de los personajes y los ficticios territorios recorridos. Hay una apelación intensa al terrible drama de la condición humana descendiendo a los infiernos de la degradación, con contundentes acentos en la incomunicación y el desencuentro de las criaturas literarias con su destino. Aunque todos los eventos de las historias de Onetti transcurran en parajes míticos, es claro que la materia literaria siempre evoluciona hacia el realismo.

Condenado al exilio

"Escribo para mí, para mi placer, para mi vicio", solía expresar el inconmensurable autor, quien manifestaba no importarle ser un eterno postergado en los concursos literarios. "Mi reino no es de este mundo", solía afirmar tajantemente. Sin embargo, su compromiso con el dolor y los sentimientos humanos corroboró ­en forma absolutamente incontrastable­ que Juan Carlos Onetti vibraba, sufría y compartía muchas de las emociones de sus coetáneos. La dictadura cívico militar que asoló a nuestro Uruguay entre 1973 y 1985 modificó sustancialmente el destino del emblemático narrador uruguayo.

En 1974, las tenazas del autoritarismo cerril se cerraron férreamente sobre Onetti, que fue insólitamente acusado de "promover la pornografía", en su calidad de jurado de un certamen literario organizado por el semanario "Marcha". Padeció detención y prisión arbitraria, en lo que constituye una de las manchas más negras de la larga pesadilla dictatorial.

Carlos Quijano, timonel de esta publicación, el no menos inolvidable Hugo Alfaro, la escritora Mercedes Rein y hasta Nelson Marra, el autor del cuento censurado "El guardaespaldas", también padecieron los rigores de los inquisidores. El episodio provocó una ola de protestas e indignación a nivel mundial, por el sólido prestigio de las víctimas del salvaje e irracional atropello.

Juan Carlos Onetti pagó el doloroso peaje del exilio en España, desde donde ya no regresaría, pese a que ­al caer el telón de los tiempos oscuros­ tuvo la posibilidad de retornar a su suelo natal. Se inició entonces para el escritor la siempre lacerante experiencia del desarraigo, que padecieron miles de uruguayos durante esos once años de conculcación de libertades. 

Hoy, la nutrida diáspora uruguaya está asociada a razones económicas, deviniendo en nostalgias, crisis de identidad, soledad y desamparo, aunque en otras tierras los compatriotas encuentren la respuesta a sus legítimas aspiraciones, demandas y expectativas.

España, en cuyo horizonte histórico ya comenzaba a despuntar el alba de la democracia largamente sepultada por el fantasma autoritario, acogió a Juan Carlos Onetti como uno de sus más insignes hijos pródigos.

En 1980, el narrador y novelista recibió el Premio Cervantes, que coadyuvó en forma determinante a su celebridad mundial. Durante su residencia de veinte años en la Madre Patria, el escritor siguió produciendo: Dejemos hablar al viento (1979), Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993).

El 17 de junio de 1985, al instalarse el primer gobierno democrático tras la extinción de la dictadura uruguaya, el magistral creador recibió el Premio Nacional de Literatura que otorga el Ministerio de Educación y Cultura, por el conjunto de su obra. 

Autoconfinamiento terminal

Juan Carlos Onetti pasó los últimos años de su vida en Madrid en voluntaria "reclusión", dedicado a su entrañable pasión y al verdadero propósito de su tránsito existencial: la escritura. El autoconfinamiento fue severo y espartano, al punto que terminó limitado físicamente apenas al perímetro de su cama, donde creaba y reflexionaba febrilmente, cada vez más sumido en sus mundos y tribulaciones interiores.

Así, virtualmente divorciado de lo que sucedía fuera de las cuatro paredes que le cobijaban de la "contaminación" exterior, el escritor dejó de existir el 30 de junio de 1994.

Dueño absoluto de un universo paralelo que construyó para huir del mundo real y procesar sus íntimas angustias existenciales lejos de la vorágine cotidiana de la cual nunca se sintió partícipe, Onetti nos legó un fragmento importante de la mejor literatura nacional.

Toda la producción de este autor está recorrida por trazos agudos y contrastantes, en los que expone la descarnada "prostitución" de la sociedad moderna, la pérdida de la inocencia y la aguda crisis de valores que ya se insinuaba y se acentúa aún más en este tercer milenio.

Hoy, Juan Carlos Onetti vive en los herméticos micromundos de sus personajes y en los imaginarios paisajes de sus textos.

Su obra es bastante más que una mera herencia literaria atesorada en las páginas de sus libros. Onetti fue y es aún hoy un contestatario por antonomasia y un desencantado alarido de angustia que parece advertirnos en torno al acelerado proceso de deshumanización que amenaza la existencia misma de una civilización decadente y virtualmente vaciada de valores.

Fuente: www.nuestraamerica.info/leer.hlvs/3388